domingo, 20 de abril de 2014

Cardiomegalia

             Me advierte mi personal sanitario de cabecera de los riesgos de la hipertrofia del corazón, menos mal que hay bastantes probabilidades de que eso no me ocurra jamás. Al menos eso es lo que seguramente piensan quienes me han visto asesinar mujeres y niños sin inmutarme siquiera, permanecer impertérrita ante alguien que llora, recoger cadáveres de las bañeras, desmembrar nombres sin piedad. Para los que ahora abren los ojos atónitos pueden encontrar pruebas en los posts anteriores o en el libro que recoge algunos de mis relatos: Un corazón de hormiga, en el que, quitando el que le da título, solo habitan horrores de ese calibre.
           Solo quien se ha acercado de verdad, sin prejuicios ni estereotipos que satisfacer, ha podido ver que en realidad tengo el corazón de cristal, roto y una y mil veces desde que late, con el recubrimiento hosco e irregular que deja la pátina de capas superpuestas de superglue. Con tal ejemplar dentro del pecho, por mucho que me empeñe, no puedo escribir de otra cosa que no sea de amor, me dijeron una vez. Eso explica muchas cosas.
             Sin embargo , se ve que disimulo bastante bien. Opina uno de los psicólogos del público que es que tengo mucha rabia contenida, pero eso lo trataremos otro día, hoy, intervención de urgencia a corazón abierto.

             SIEMPRE

                Sintió el inequívoco pellizco en la boca del estómago al salir a la puerta, mirar hacia ambos lados, y no verlo llegar aún. Se miró los zapatos, se alisó el vestido y se retocó un poco el flequillo. Haciendo tiempo, disimulando los nervios que le producía la espera. Resopló. De no haber dejado de fumar esta era una de esas ocasiones en las que no desaprovecharía fumarse un cigarro. Miró el reloj.
                En realidad tampoco se estaba retrasando tanto. Ella, como siempre, se había adelantado un pelín a la hora acordada por entusiasmo, por las ganas de verle hoy otra vez, y ahora le tocaba sufrir las consecuencias de su precipitación.
        Volvió a mirar hacia el final de la calle, por donde él debía aparecer, e instintivamente dio unos pasitos en esa dirección. No. Hoy, le tocaba a él. Habían quedado. Vendría.
                Lo vio venir de lejos. Hubiera reconocido aquella cadencia al andar entre todas las del mundo. Aunque aún no alcanzaba a ver su cara no iba a equivocarse. Casi podía escuchar como el talón de su bota izquierda rozaba levemente con la losa de granito al adelantar el pie.
               Pudo sentirse el pulso acelerado en las sienes y en las venas del antebrazo. Le temblaban ligeramente las piernas, por un momento se arrepintió de haber elegido unos zapatos con un poco de tacón.
             Cuando él llegó a lo alto de la colina se miraron a los ojos, se dedicaron una sonrisa, y siguieron el camino hacia el parque cogidos de la mano.
            Después de veintitantos años pensando que no volverían a verse, había que celebrar cada día que sus respectivos hijos hubieran elegido para ellos, sin saberlo, unas residencias que solo distaban unos cien metros, y que nunca vinieran a visitarlos.


           PD: Agradezco de corazón a aquel maestro, D. José María Alcántara, que no me dijo que no cuando alargué el brazo en la biblioteca del colegio y cogí por primera vez Cien años de soledad. Tenía doce años. Crónica de una muerte anunciada la leí en una noche febril de verano, mientras mi madre me gritaba de vez en cuando que apagara ya la luz, pero yo no podía dejar el relato. Ahorré religiosamente para regalarme por navidad unos libros que no formaban parte del programa de mi carrera : La hojarasca, La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada, Ojos de perro azul, La mala hora, Los funerales de la mama grande. Y cómo los disfruté. Recuerdo con emoción mi veintiún cumpleaños porque el regalo fueron los Doce cuentos peregrinos. Jamás me he recuperado de la revelación descarnada que supone leer Del amor y otros demonios, otro hermoso regalo en una mañana de luz que nunca olvidaré. Si alguien me preguntara alguna vez cuál es mi novela de amor favorita, la respuesta sería sin dudar un segundo El amor en los tiempos del cólera. 
          
           Hay a quien no le gusta Gabriel García Márquez, aunque ahora ya se sabe que para todos será un gran genio. Para mí, cualquier ocasión es buena para revisitarlo. No tengo que buscar demasiado, siempre lo llevo en el corazón.

miércoles, 2 de abril de 2014

Sonrisas

       Pese a lo que pueda parecer, por mis recientes muestras de capacidad pulmonar en profundidades abisales, a  mí me encanta reírme. Y me río sano y bien. Tengo una sonrisa de esas pícaras para las ocasiones en que se precisa discreción e ironía, pero a mí como me gusta reírme es a carcajadas, con las lágrimas rodando por la cara y sin medida. Eso de no tener medida para sentir es algo que tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Un inconveniente es que cuando se trata de algo malo, también se vive intensamente, como si no hubiera salida de los abismos, como  si no existiera nada más que ese frío que te ocupa. Una ventaja es que puedes darle la vuelta a cualquier cosa y reírte de lo que menos se piensa, no necesitas demasiado para que te asome la sonrisa, y a veces vas como a dos metros del suelo, con una risita por fuera de cosas que solo tú ves por dentro. A veces no hay otra arma más eficaz contra la realidad diaria.
          
          Apartémonos hoy un poco del negro, que ya ha llegado la primavera, con todo su peso en alteraciones varias, y otro día hablamos de ciclotimias.

DEPORTES DE RIESGO

          Cuando me lesioné la espalda el verano pasado  y no podía mover el cuello sin que una especie de puñal se me clavara a la altura del omóplato izquierdo, y dado mi absoluto rechazo a medicarme a las primeras de turno, pensé en la Fisioterapia. Consulté con los amigos, y todos coincidían en que lo más seguro es que me aliviara  un tratamiento de ese tipo, pero lo malo era  que los que lo habían probado decían que dolía bastante mientras te trataban. Arriesgándome, empujada  por el  horrible dolor que sentía, y no sin antes darle más de una vuelta, decidí visitar un centro especializado.
      Una vez disipadas todas las dudas sobre mi historial médico y de explicar puntualmente la causa de mi lesión en la consulta, me tumbé en la camilla. Durante casi tres cuartos de hora, y en silencio, unos brazos fuertes me colocaron en posturas imposibles, me retorcieron y crujieron casi todos los huesos del cuerpo, me tocaron el interior de las muñecas, el vientre, las axilas, la mandíbula, el cuello y los pies. Estaba tan admirada de la destreza, de la delicadeza con que manipulaban cada coyuntura, cada músculo, de la presión justa que imprimían en cada gesto esas manos, que no me resistí en ningún momento. No podía entender como algunos habían osado comentarme que tuviera cuidado, que iba sentir dolor.
          No sé si fue que la camilla estaba justo debajo de un ventanal por el que entraba una luz espléndida y que podía entrever las pocas veces que abría los ojos, la suave música de fondo, o  los aceites que iban aplicándome en la piel, lo cierto es que para cuando algo rozó por casualidad mi nariz en una de las posturas, y pude oler el perfume que emanaba esa piel, yo ya me había abandonado.
        No recuerdo haber oído un “túmbate boca abajo ahora, por favor”, pero cuando tenía clavada en la frente y en el mentón la abertura de la camilla, y me desabrocharon el sujetador para poder amasar con libertad la parte alta de mi espalda, abrí la boca desesperada, y cerré con fuerza la garganta para intentar ahogar un gemido de placer sin mucho éxito, al tiempo que contraía con fruición todos mis músculos conocidos de cintura para abajo. Suerte que en estos trances terapéuticos, el quejido contenido es frecuente, sobre todo cuando la lesión es dolorosa. No hubo ningún comentario al respecto, ni siquiera sobre la absoluta relajación en la que me sumergí durante unos instantes, y yo me sentí en la gloria. Me despedí con agradecimiento sincero y augurando no volver en mucho tiempo. 
         Un mes más tarde volví a sentir el pinchazo inequívoco debajo del  omóplato izquierdo. Esta vez, con un episodio agudo, tuve que dirigirme de urgencias al médico. El doctor me recetó  un relajante muscular muy efectivo que paliaría el dolor unos días, pero que no me curaría. Además me aseguró que, lo tomara o no, muy probablemente estos episodios se repetirían en el tiempo, pudiendo retrasarlos únicamente si me pasaba por la consulta de un buen fisioterapeuta con cierta periodicidad.
          Casi le doy dos besos de alegría, pero me contuve. Supongo que no habría entendido por qué, mientras me comunicaba que mi lesión tenía tintes de ser crónica, yo sonreía de oreja a oreja. Era divertido pensar la cara que habría puesto si le hubiera explicado que llevaba ya algunos días dándole vueltas a si sería demasiado doloroso arrojarme a toda velocidad con tacones por la rampa del supermercado, simulando que llevaba mucha prisa, para ver si me torcía un tobillo, o si merecía la pena pagar la carísima cuota del gimnasio de mi barrio con la esperanza de provocarme algún daño haciendo pesas. Lo que fuera con tal de volver a la consulta de Fisioterapia y poder sentir otra vez esas manos sobre mi cuerpo, lo que fuera por tumbarme en esa camilla durante algunas sesiones más. Luego, si mejoraba, siempre podía empezar a salir correr cada tarde, o a practicar algún deporte de riesgo.  

miércoles, 19 de marzo de 2014

Estertores de invierno

Antes de que, llamados por la hipnotizadora voz del sol, nos perdamos en melosas exaltaciones a la primavera. Antes de que todo lo ocupen los colores del olor a azahar y  esos sabores que nos transportan la mente a posiciones menos discretas. Antes de que nos volvamos a quedar ciegos de deseo revisitando párrafos encendidos y celebremos todas las posiciones del cuerpo ajeno en nosotros. Antes de que nos tumbemos bocarriba, exhaustos por la calima, olvidando que hemos tenido un invierno tan lluvioso y cruel como el Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo. Antes de que deambulemos de enajenada voluntad por playas y terrazas. Antes, quiero hacerles un regalo a aquellos que ansían las oscuridades y piden negruras a voz en grito, desde el fondo más opaco de mi cajón. Espero que os guste:  

              EL MURO                         
          Los operarios municipales habían trabajado sin descanso durante casi una semana. Un trasiego continuo de camiones de carga había desalojado muebles y enseres, los restos carcomidos del artesonado de madera y hasta la rejería barroca. La casona de los Ibargüen, lejos de su antiguo esplendor, se reducía ahora a toneladas de escombros acumulados en el vertedero comarcal. Sin embargo, el robusto muro doble que separó en su tiempo la cocina de las cuadras, aún se tenía en pie. Los trabajadores se afanaban  para terminar el derribo a golpes de pico y maza.

         Carlos y Elisa Ibargüen habían sido los solitarios habitantes del caserón durante más de cincuenta años, desde que sus padres murieron en un desgraciado accidente y ellos quedaron al frente de la Hacienda. Carlos, trabajador incansable y de carácter austero, había administrado con diligencia los campos y  rentas, y Elisa no tuvo poco trabajo con gobernar la casa y sus necesidades. Se decía en el pueblo que entre la tristeza y tanto que hacer, no les quedó tiempo para sus vidas, y pasaron los años sin otra distracción social que ir cada domingo a misa, a confesar una y otra vez la más piadosa de las existencias.


        Sin herederos que disponer de  la casa, el Consistorio  decidió  derruirla para construir un parque municipal, pero ni siquiera el Alcalde, áspero e inclemente,  pudo contener las lágrimas cuando, abriéndose paso entre el gentío de curiosos, contempló una tras otra, las cajas de plata y los  pequeños esqueletos que los hombres habían encontrado dentro del muro.            

jueves, 6 de marzo de 2014

Equivalencia

“No deseo que tengan poder sobre los hombres, sino sobre sí mismas”

Mary Wollstonecraft

                    No somos iguales. Ni siquiera la evidencia física basta para sacar a algunos de su empecinamiento en la tabula rasa. No son iguales ni nuestro cuerpo ni nuestras mentes, acaso nuestras almas en tanto que humanas, poco más. Solo con nuestra diferencia esencial creamos, seguimos adelante como especie, evolucionamos a través del tiempo. Ser iguales se antoja tarea difícil si no imposible, aspiremos pues a la equivalencia.
           A veces me pregunto si se resolverá alguna vez esta guerra inútil, o será algo endémico. Un atávico gen del que no nos podemos desprender por mucho que evolucionamos. No es cuestión de enumerar las víctimas, ni de reducir a meras cifras la diferencia entre la política de Igualdad y sus resultados. No es cuestión de relatar cada una de las circunstancias que a diario nos recuerdan que por mucho que la ley lo diga, de facto no lo somos. Es cuestión de volver a decir, hasta que se nos canse el Ser de agotamiento,  que somos Equivalentes. Que tenemos el mismo valor, y que  es una pena inmensa que tengamos que seguir gritando para recordarlo, y no solo estos días, por la triste  efemérides, sino cada segundo de nuestras vidas.
  Y es justo decir que se me inundan los ojos de rabia solo de tener que hacerlo. Porque sé de lo que hablo, y no hablo de oídas. Está en la educación que demos a nuestros hijos la horma de este zapato, pero para eso primero tenemos que saberlo nosotras mismas. Tenemos que saber que otro orden de cosas es posible en lo privado y en lo público y que es una vergüenza y una tristeza para todo el género humano que mueran mujeres por serlo, y que no seamos capaces de resolverlo.
        Viven para siempre en mi biblioteca tantos nombres de mujer que por querer mencionarlos todos puedo olvidar alguno, y no quiero. Y  viven no solo grandes escritoras, sino también magníficos personajes femeninos escritos por hombres. Hay luchadoras, cobardes, señoras, criadas, madres, hijas, esposas, cortesanas, soldados, amantes, religiosas, descreídas, libres y esclavas, putas y santas. Las hay malas y buenas, viejas y jóvenes, guapas y feas, fuertes y débiles. Creo que también habrá aproximadamente la misma cantidad y variedad de personajes masculinos, o no. No lo sé.  No creo que exista una diferencia  si yo no la pienso a priori. Cuando leo un libro no tiene mucho que ver con que su autor sea hombre o mujer, o su protagonista lo sea.
            Una querida amiga me pregunto un día por qué, en mis relatos, mato mujeres. ¿A sí? -Le dije-, no me había fijado, no te preocupes que si quieres empiezo a matar hombres.  Creo que desde entonces he matado unos cuantos, o no. Si alguien se anima que los cuente.

            PERDÓN
           Lloró. Se arrodilló a sus pies y le besó los tobillos, el empeine. Le cogió las manos y apretándolas con fuerza imploró perdón. La miró a los ojos desencajados  y le dijo una y otra vez  que era la mujer de su vida, la única, su amor. Sólo unos minutos antes, a Adela había dejado de manarle la sangre del agujero del disparo, y una mancha negruzca empezaba a solidificarse en el borde de la alfombra, justo debajo de la pata del sofá donde cayó de espaldas. Todavía no se oían las sirenas de la policía.         

domingo, 23 de febrero de 2014

El mes maldito

         Febrero, mes en que todo se puede. Tiempo de contrastes en el que cabe la alegría de la Lujuria (ver post anterior), y el dolor de la Melancolía.
         Proliferan en febrero revoluciones y pérdidas, daños, reyertas violentas, cascadas de personas persiguiendo posibles. El humo de neumático lo inunda todo, y las fogatas de vigilia acompañan la soledad del rumbo del mundo. El miedo. La desesperanza. El frío. Como si a los dioses se les hubiera olvidado el hombre.
         Darse una vuelta por los periódicos es más que a veces desolador. Sin embargo, no hay evidencia científica o documentada que yo conozca de que febrero sea más convulso que otros meses,  y aunque se inicie el juicio de Juana de Arco, Hernán Cortes parta a la conquista de de México o mueran Kant, Machado y Moliere, también nacen Galileo, Bécquer, Verne, Dickens y Darwin. Se firman tratados de paz y hay golpes de estado. No hay caso. Mirar a febrero como un caldo espeso en el que nos hierven las entrañas  y en el que nos mordemos más a menudo que otras veces no deja de ser más que una mera especulación, cuestión de vapores de magia.
         Lo mismo llueve que hiela. Sale el sol también a hurtadillas recordándonos la primavera, como para que no caigamos en la desolación. En esta atmósfera pesada, salpicada de imágenes  cruentas que me acompaña estos días, convive también el regusto del último libro que ha dormido en mi mesilla, que me he leído como quien lee un libro de historia. Y claro, va de conflictos: los orígenes y evolución de la guerra en la que aún se destruyen a diario Israel y Palestina. Eso y un repaso a la historia de la Europa del siglo XX. Todo eso y más es Dispara, yo ya estoy muerto, de Julia Navarro. Me alegro de haber pasado por alto mi propio prejuicio sobre el libro que más suena en el año, que casi siempre es el que no me leo, y lo recomiendo para aquellos que os guste la historia, la trama de los conflictos armados y las lecturas extensas.
         No nací en febrero, pero casi. Será esa proximidad al mes de los locos lo que hace que a nada que empieza, se me pongan bocabajo los centros. Es llegar febrero y se me revolucionan los pulsos, se me encoje el corazón.
         Suelo pasearme por este mes tipo alma en pena, replanteándome todo lo imaginable, revisando principios y decisiones  libres. De tanto arrasárseme los ojos acaba por inundárseme el alma. Casi nunca llega la sangre al río, febrero es corto, y alguien inventó el Carnaval, y las letras de las comparsas.
                 
p.d: Gracias Gloria, por acordarte, veintitantos años después, de un comentario que hiciste en una de tus clases de Filosofía, y por pegarme la manía de mirar febrero con otros ojos desde entonces; y por tantas cosas.

domingo, 9 de febrero de 2014

Pecados

“Sólo quien te hace temblar de placer y deseo te conoce, quien te transforma en nadie, en dios, quien arranca una música irreproducible de tu cuerpo y transforma en sed toda tu anatomía”  - Juan Bonilla - 

Se dice que de los pecados capitales, todos tenemos uno que se manifiesta en nosotros con más intensidad, que nos puede, que nos maneja a su antojo por mucho que luchemos para no dejarnos llevar. En el post anterior, era la Envidia la que convertía  las tisanas en venenos.
Lo malo de los pecados capitales es que siempre producen cierta desazón en la conciencia, cuando no una pesada carga de  culpa que no cesará hasta haber practicado la confesión y una  oportuna penitencia, o nunca. Lo bueno es que aquellos que no creen en el pecado, ni en que el dios justiciero del talión se cebará con ellos el día del juicio final le pueden encontrar cierto regusto a pecar, y que de la lista el más liviano y apetecible de todos los tiempos es la Lujuria.  
Si nos paseamos por cualquier medio estos días podemos comprobar que, por obra y gracia de la modernidad, el regalo adecuado de San Valentín ha pasado de la casta declaración de amor a la lencería fina, así que, aprovechando que estamos en pleno Carnaval, dejémonos llevar por la marea disfrazada al son de cánticos hipnóticos, de danzas enloquecidas hasta el amanecer, y pequemos pues, con la venia de la tradición y religiones varias, que no seremos castigados por disfrutar de la carne.
Mi nutrida colección de libros contempla una buena variedad de placeres y lascivias, así que como sé de la existencia de fervorosos creyentes en que el mejor afrodisíaco son las palabras, y sufridos practicantes de que el punto G está en el oído, por mucho que  se adore el valor de los silencios, os  recomiendo sin dudar para estos menesteres, Afrodita, de Isabel Allende. En este libro mágico se aúna el poder de dos, siempre dos mejor que uno en esto lances, de los pecados capitales y su estrecha relación con los débiles humanos. La Gula y la Lujuria se dan un buen achuchón en este delicioso libro del que se aprende mucho, y se disfruta más. ¿Qué pecador que se precie dejaría de leer algo que comienza así?:

“Me arrepiento de las dietas, de los platos deliciosos rechazados por vanidad, tanto como lamento las ocasiones de hacer el amor que he dejado pasar por ocuparme de tareas pendientes o por virtud puritana”

    Deleitarse con este compendio de historias, divagaciones eróticas, y sensualidades varias es un lujo, y como el buen humor es un ingrediente vital para este tipo de recetas, no nos faltará la sonrisa mientras disfrutamos de sus páginas, ilustraciones a todo color incluidas.
Así como la luz más pura, la más celestial y cegadora, este  pecado  que nos ocupa es también la oscuridad más tenebrosa y cruel. De Sade a Grey, pasando por La sonrisa vertical, y los cuentos cortos, hay un gran número de títulos que podrían saciar nuestra necesidad de saber,  ver o practicar según se nos antoje en el momento, con más o menos literatura de por medio. No debemos perder de vista que este es un terreno en el que solo cada uno sabe y elige lo que es sentirse libre.
Quizá me ocupe en otra ocasión de las oscuridades, de momento, una perversión:

PERVERSIÓN

Es mi mujer. La mía. Y la he besado, lamido y absorbido en todos los recovecos de su  cuerpo. Todos. Hasta en ese que nadie se imagina. Y la he acariciado, cogido, y  amasado en los sitios más extraños y en los más cotidianos de nuestra vida. Y la he bebido, vertido y derramado por todos los lugares en donde se me hacía agua. La he escuchado gemir de placer muy bajito, con sonidos entrecortados y tiernos y la he visto gritar enfervorecida de gusto. Y ha sido morena, y rubia, y una vez hasta pelirroja. Y ha seguido siendo mi mujer. La misma que se cómo encender y apagar sin temor a equivocarme en ningún momento. Es por eso, y no por perversión, por lo que ahora sólo me llaman la atención las mujeres de otros.

lunes, 27 de enero de 2014

Terrario

No hace falta más que echar un vistazo ahí fuera para tener claro que vivimos en la  selva, y que es la ley del más fuerte la que nos ampara. Tenemos nuestra manada, protegemos con la vida a nuestro clan, perpetramos incursiones en terreno de otro macho alfa o detectamos enseguida a una hembra dominante. Salimos a cazar, y matamos si hace falta en el momento que vemos amenazado nuestro poder, nuestro territorio, nuestro status. Nos dominan los instintos, los mismos que tratamos una y otra vez que desaparezcan. Controlar los celos, la ira, el deseo, es el deporte de la modernidad. Llenamos los gimnasios para descargar la energía que no gastamos en saciar nuestros impulsos, las salas de yoga para encontrar la paz que a diario nos empeñamos en destruir.
Maquillamos nuestra esencia  animal con todo lo que esté a nuestro alcance. Todo lo que no pueda pasar por el rígido listón de la racionalidad y la asepsia es tabú, lo desechamos, lo atribuimos a culturas subdesarrolladas y ciegas. Bendecidos por la inteligencia postmoderna de la tecnología, olvidamos  lo que somos, la esencia, la identidad.
Hace unos meses, Katia me recomendó gentilmente un libro. Para las personas que son todo pasión recomendar gentilmente es insistir,  porque sabes que lo que quieres para el otro es bueno. Cuánto me alegro de los aún se saltan las normas de contención social y llegan a tu vida con aires nuevos. El libro era  Gente Tóxica, de Bernardo Stamateas, y está lleno de  pasajes de una clarividencia absoluta, así como también es de gran ayuda a la hora de perfilar personajes. Los mismos con los que luego hay que lidiar a diario, y no solo en el papel. Al principio de uno de sus capítulos, una leyenda:

Una serpiente estaba persiguiendo a una luciérnaga. Cuando estaba a punto de comérsela, ésta le dijo: "¿Puedo hacerte una pregunta?"  la serpiente respondió:  "En realidad nunca contesto preguntas de mis víctimas, pero por ser tú te lo voy a permitir". Entonces, la luciérnaga preguntó :"¿Yo te he hecho algo?" "No", respondió la serpiente. " ¿Pertenezco a tu cadena alimenticia?", preguntó la luciérnaga. "No" volvió a responder la serpiente. "Entonces, ¿por qué me quieres comer?", inquirió el insecto. "Porque no soporto verte brillar", respondió la serpiente.

Hay quien nace luciérnaga. Y durante toda su vida, por mucho que se empeñe en ocultarse, brilla. Puede ponerse todas las capas que quiera, puede renegar de sí misma y en su soledad rezar para que se apague la luz que la hace ser diferente; pero brilla. Hay quien nace serpiente, y por mucho que se afane en cambiar su piel, en cultivar afeites, en disimular modales, en su esencia, es para siempre serpiente. Las serpientes no se dedican a buscar y matar luciérnagas, ellas se dedican más a inyectar veneno en todo lo que se mueve alrededor,  pero si por casualidad vislumbran a lo lejos alguna no pararan hasta que la hayan exterminado, o mueran en el intento.
Hoy era un día de esos en los que solo me salían cuentos de serpientes... o de luciérnagas:

 LA NOTA
Con los ojos encendidos, escribió la nota cuidadosamente, con la mejor caligrafía que le dejaba su temblorosa  mano de uñas recién pintadas: “Nada me contentaría más que te recuperaras, pero como al parecer no lo haces, voy a intentar ayudarte…” A continuación le recomendaba unas tisanas que le habían dicho que eran buenísimas para su mal, y la dejó en lo alto de su escritorio al salir.
A ella, sin embargo, le hubiera encantado escribir la verdad: “Nada me contentaría más que te  murieras, pero como al parecer no lo haces, voy a intentar ayudarte…”


P.d : Para aquellos deseosos de saber qué fue de Isabelita Cela (ver post anterior), mientras me decido a continuarla o no, pueden saciar su sed de venganza y otras oscuridades disfrutando de la lectura de Luna Caliente, de Mempo Giardinelli. Una novelita corta que es inmensamente grande en esos lances. Un disfrute.