domingo, 14 de junio de 2015

Alivio



Non ego sum, sed speculum fatarum, qui vita est priceps insidiae..
-Virgilio-
(No soy, sino el espejo de los hechos, porque la vida es el principio de las desdichas...).


     Dicen que, que el dolor cese, no tiene por qué ser síntoma de que se acabe el sufrimiento. Cuando por fin dejan de hundir el dedo en la llaga, aún queda un tiempo hasta que tu cuerpo forje una cicatriz callosa donde antes no hubo más que inocencia.

     Sería imposible seguir camino sin haber arrancado de cuajo el recuerdo del primer momento en que la piel se abre, pero también crecer sin sufrir el ardor amargo de cuando nos mana la sangre.

     No hay trampa en la batalla : la felicidad es solo la zanahoria, dulce, hipnótica e inexistente, que hace que no nos despeñemos en manada.



MANTRA

     Cada año, llegada la primera semana de noviembre, se le demudaba el rostro. Parecía distraída, olvidaba cosas, abandonaba su hábito sempiterno de pasear tras el almuerzo. 

     En casa, en el trabajo, todos la trataban con condescendencia, sabían que, pasada la fecha de la tragedia, volvería a su ser. Aparecería nueva por la puerta, quizá otra vez otro cambio de color de pelo, tal vez alguna prenda más que añadir a su generoso vestuario.

     Cada año, en el mismo día en que Mara dejó de existir, ella acudía a misa, y después al cementerio. 

     De pie ante la tumba, se quedaba la última, hasta que el guarda le advertía que iban a cerrar, y antes de emprender el camino a la salida con una media sonrisa en los labios, repetía entre dientes la frase que era ya como un mantra, lo único que la sostendría entera hasta el año siguiente:

     -Hija de puta, qué difícil fue matarte.

domingo, 22 de marzo de 2015

Orden



" Sé regular y ordenado en tu vida, de modo que puedas ser violento y original en tu trabajo" - Flaubert-

    Sospecho de las rutinas. Me aburre la reiteración, la uniformidad, el tedio de la repetición incesante. 

     Me llamo al orden a veces, y consigo a temporadas ser un animal de costumbres, difuminarme en el gentío hasta parecer transparente.

       El éxito no me acompaña mucho; en seguida, se me ocurren cosas que harían que los demás abrieran, o cerraran los ojos.


JULIA

     Hubiera sido fácil matar entonces a Julia. Una bolita de movimientos torpes y abundante baba que tropezaba por toda la casa. Con un pequeño descuido cuando la llevaba en brazos habría sido suficiente. Decidí, sin embargo, que podía quedarse. He de reconocer que en el fondo me pudo la curiosidad de saber cómo iría evolucionando. Así pude, al pasar los años, comprobar que me perseguía a todos sitios, consideraba mi palabra ley, y no se atrevía a moverse mientras yo no lo indicara.

    Ella fue mi juguete. Me escuchaba embobada con esos ojos lacrimosos que siempre tuvo, y se dejaba guiar, fascinada por mi don de mando. Qué sensación de poder más deliciosa decidir por ella, corregir sus vicios, castigarla a veces cuando se portaba mal, fingirme enojada para que aumentara sus gestos cariñosos y su preocupación por mí. 

    No fue difícil conseguir que siempre estuviera a mi lado. Coarté a tiempo todos sus impulsos de independencia. Desde luego, era lo mejor para ella. Hubiera sido un fastidio tener que rescatarla si se fugaba con un cualquiera, alguien que no la supiera apreciar como yo.

     Pero Julia ya estaba vieja. A pesar de solo llevarle seis años, parecía que su cuerpo se regía por leyes diferentes al mío. Una debilidad pegajosa, una tristeza idiota se le había instalado en el semblante. Ya no quería acompañarme siempre, incluso a veces protestaba airadamente ante cualquier intento por mi parte de salir a hacer ejercicio. Dejó de disfrutar de las comidas y los viajes juntas. 

    Ha sido una suerte que todo esto haya pasado cuando ya no está mamá, ella no lo hubiera aprobado nunca. Jamás se cansó de repetirme, todos y cada uno de los días de su vida: " Cari, las hermanas tienen que llevarse bien; que yo no te vea hacerle nada a Julia"

domingo, 8 de marzo de 2015

Lejos del paraiso

     Eres tú quien nació bajo el indefectible sino del machismo. De quien se esperaba que ser madre y esposa fuera su única vocación. A quien se educó para ser poco menos que ciudadano de segunda clase, y ahora le toca lidiar con un sistema anticuado y demoledor.


     Eres tú quien tiene que trabajar el doble para no cobrar igual, quien tiene que elegir entre familia o trabajo, o quien se tiene que multiplicar hasta la extenuación para conciliarlos, y quien se frustra las más de las veces al no conseguirlo.

     Eres tú quien se pertrecha a diario para soportar chistes vejatorios, gritos desde detrás de un volante, miradas y gestos hostiles; a quien se le supone aguante titánico, sonrisa eterna y dotes de magia en todas sus vertientes.

     Eres tú, quien a veces, llevada por la corriente arrasadora del peso de la costumbre, emula esos modelos obsoletos con los que viviste a la vez que promulgas los cuatro vientos reivindicaciones sobre igualdad y sus políticas.

     Eres tú, como soy yo, la que tiene la llave de la educación y el ejemplo, la que debe recordar a los hijos donde está la línea que nos une y la que nos separa, donde se encuentra la armonía basada en el respeto hacia el otro, aunque sea distinto, y que la violencia jamás está justificada, que el diálogo es la forma de crecer, amar y vivir, no las imposiciones, coacciones o amenazas.

     Eres tú, como soy yo, la que merece que tu familia sea un equipo, donde cada miembro tiene el valor equivalente de trabajar por la felicidad conjunta, y no una estructura monárquica donde los reyes son de mejor calidad que sus súbditos.

   Eres tú, como soy yo, la que merece que la palabra respeto se nutra a diario con ejemplos y no haya excepciones.

    Es tu legado el que queda. Ese futuro que quieres se forja ahora, todos los días. Es tu momento, es el nuestro.

LOBA



     Se ha metido a rosca los pantalones más estrechos del armario. A pesar de llevar una semana a dieta el botón se sigue resistiendo a abrazar con suavidad el michelín de la cintura, hasta sin respirar. Quizá tendrá que sacar de donde no hay otra hora para ir al gimnasio.

    Un vistazo al reloj y al arrojarse a prisa por las escaleras comprueba, en que sus piernas no la obedecen del todo, que su cuerpo no ha terminado aún de despertar
.
    Ya delante del espejo, a sorbos de café, se ha puesto iluminador en las ojeras, base de maquillaje, delineador de ojos, tres colores de sombras de ojos. Rímel. Colorete. Perfilador. La barra de labios del color que mejor pega con la blusa. La pátina acuosa que aún le cubre los ojos no le ha permitido ver que le asoma un vello fuera de sitio en las cejas.

    Cuando desenchufa la plancha flota en el cuarto de baño un olor dulzón a suavizante y pelo caliente. Por último, consigue meter los pies con dificultad en esos zapatos de tacón tan alto que sabe dentro de unas horas aborrecerá haberse puesto.

    Cuando levanta el rostro para buscar el bolso ve a Daniel, que se ha bajado solo de la cama, se ha deslizado silenciosamente por la escalera con su pijama de nubes y su osito abrazado, y que ha estado observándola en silencio mientras terminaba de arreglarse. Aunque es un lunes sin colegio, como siempre, él ha madrugado, y con esos ojos de andar descubriendo el mundo que le otorgan sus escasos cuatro años, la mira fijamente y le pregunta...Mamá...¿Otra vez vas hoy a la guerra? Quieres que te preste mi pistola de rayos paralizadora?

domingo, 22 de febrero de 2015

Distancias



     Llegado el momento de la revancha, hay un instante dulce en el que la boca se te hace agua con la derrota enemiga, en que sueñas con mostrarte implacable y terrible, impío y cruel; piensas en pagar con la misma moneda, en hacer leña del árbol caído, en hacerte un collar con las piezas esparcidas por el suelo en recuerdo de tan gloriosa batalla.

     Puede pasar, sin embargo, que cuando lleguen tus tropas al bastión hostil, y enarbolando su pendón tus soldados pidan que sesgues la cabeza del desgraciado que pide clemencia, tú, ya seas otro. Y nada en el mundo curará la herida que dejó su mano, ni siquiera su sangre en tu copa.

     Entonces, tu única victoria es haber podido conservar tu esencia, y dejar la vileza para otros. La distancia cocina serenidad a fuego lento, el tiempo siempre está de tu parte, aunque lleves el cuerpo cosido a cicatrices.



Circunstancias

     Le hubiera encantado, religiosa como era, haber tenido pálpitos en el corazón, que le temblaran las manos. Que la boca se le hubiera quedado seca, que se le hubieran taponado los oídos con el ruido ensordecedor de la angustia. 

     Le hubiera complacido, que la sangre se le hubiera agolpado en las sienes y hubiera estado sonando el tam tam en lo mas recóndito de su cerebro hasta caer extenuada de cansancio; que se le hubiera erizado el vello, que no pudiera respirar y hubiera tenido que abrir la boca buscando aire, que se hubiera echado la mano al pecho, que compungida de dolor e impotencia se hubiera inclinado y le hubieran llegado las arcadas de hiel desde la boca del estomago.

     Hubiera querido, que de su garganta saliera un grito aterrador y delirante, que se le hubieran desbocado los brazos a tirarse del pelo, que se le hubiera tensado la mandíbula hasta dolerle los dientes de la presión y haberse clavado las uñas hasta la sangre apretando los puños.

     Le hubiera gustado, al menos, que las lágrimas silentes le rebautizaran las mejillas, y que su rostro reflejara tristeza.
    Pero no. Vio morir a Adolfo como si tal cosa, apenas una saliva espesa que le costó tragar después de que expirara.
     Su viuda, era otra.

domingo, 8 de febrero de 2015

Droga dura



     Viendo la profusión de oscuros que habita el mundo con la claridad absoluta que otorga la luz de la inocencia, me aficioné pronto a la lectura. Antes, cuando la tele solo emitía ya casi de noche, en blanco y negro, y una sola cadena, no había muchos más sitios donde refugiarse. No es precisamente que buscara rosas, solo salir del mundo asfixiante y pequeño que casi a diario me parecía el mío.

    Fue en esa ventana donde encontré todas las cosas. No tardé en ponerle los cristales de los colores que más me apetecía o en pintar el marco, e incluso cambiarlo por otro más acorde en cada momento; siempre me ha aburrido la rutina. La escritura, la ponía yo.

    Me podía haber metido en vena cualquier otra cosa, al fin y al cabo todos nos drogamos con lo más duro que encontramos o somos capaces de soportar para poder seguir sobreviviendo. Yo, elegí leer libros y escribir, un trabajo duro, ingrato y desalentador, que es a la vez de lo más reconfortante y de las pocas cosas que puede arrancar una sonrisa eterna a los espíritus atormentados e insaciables como el mío. Desde entonces no he parado de trabajar, lo normal teniendo un corazón de hormiga.

     Ahora, y como si todo obedeciera al plan prefijado de un destino incierto, que me asalta después de confesar públicamente mis adicciones literarias, y de tratarme con terapia, como si tuviera que ser ahora y no nunca antes por mucho que lo hubiera deseado, por fin puedo ver cumplido mi primer sueño. 

     A continuación, os dejo una muestra del relato Un error de principiante, que podréis encontrar, junto a otros que también llevan mi firma, en el libro de relatos Un corazón de hormiga, que publica la Editorial Anantes.

     Una semana después, Belicia recibió la primera llamada. Todavía no le había dado tiempo para pensar en que a lo mejor se había dejado llevar por el entusiasmo cuando resolvió poner el anuncio. Cuando vio en la pantalla del móvil que no era el número de ningún conocido, supo enseguida que era un posible cliente. Le costó un poco descolgar antes de que se agotara el tono de su canción de salsa favorita. Le temblaban los dedos. 

- Belicia Mori, buenas tardes – contestó con toda la serenidad y distinción que pudo.

- Buenas tardes, llamo por el anuncio.

- Sí, es aquí, ¿en qué puedo ayudarla señora?

- Necesito ayuda con un asunto, concretamente tiene que ver con una persona en particular, me gustaría saber si puede ayudarme con eso.

- ¿quiere un bebedizo de amor, un amarre? ¿quiere un hechizo? Sólo tiene que traerme una foto y un objeto de la persona y no hay problema señora, lo que usted quiera señora. Atiendo en la calle Guadiana, Bloque cuatro, 3B. Dígame a qué hora le viene bien esta semana y la veo. 

    Lo dijo todo de corrido y sin respirar. Tuvo miedo de haber actuado llevada por la emoción del momento y maldijo un poco el entusiasmo que la guiaba, no fuera a ser que las ganas le ahuyentaran su primer cliente. Más, cuando la señora al otro lado del teléfono tardó unos segundos eternos en contestar.

- Vale. Creo que el miércoles tendré lo que necesita. A las siete y cuarto podré estar allí. Gracias.

    La señora llamó al portero automático y a Beli le latió el corazón en la boca del estómago por cada uno de los golpes secos de los tacones en los escalones hasta llegar al tercero. Le abrió después de mirarla de soslayo por la mirilla y de que pensara que iba a quemarle el timbre por la insistencia...

domingo, 25 de enero de 2015

Memoria



"Algún día/Solo seré mis recuerdos/Se me caerán las alas/Me faltará el cuerpo./Algún día/Solo seré/Tiempo"


     Morir está escrito en nosotros igual que el color de ojos. La incógnita del cómo y cuándo es la que nos va demoliendo por dentro. Hay quien teme al dolor como si la tortura física, el boqueo agonizante del cuerpo fuera la peor manera de salir de este espacio-tiempo. Hay quien dice preferir el sufrimiento, quienes quieren la fecha mortal antes de que les duela un hueso.

     No debe haber, sin embargo, peor traición que sentir el dolor y haberlo a la vez en un cuerpo cuya mente hemos dado por perdida, precipitada y arcana, en agujeros negros de la memoria. Hay quienes, aún, firmarían el olvido, como si no acordarte de quien eres te hiciera otro, y ese otro quien muriera en lugar de nosotros.


CÓGEME EN BRAZOS

         Comenzó a subir las escaleras con ella en brazos. El roce de su cabello en el cuello le hacía cosquillas, y al ceder al instinto de encogerse, apretaba el abrazo. Podía sentir el peso liviano de su cabeza en el hombro, el tacto de sus dedos largos agarrándose a su jersey para no caer. El delicioso olor inconfundible que manaba de su cuerpo, y que habría de recodar para toda su vida, le reconfortaba, le decía con claridad que estaba a salvo.

     En el tercer escalón del segundo tramo, su delgadez se le hizo pesada en los antebrazos, y tropezó con la puntera de la bota izquierda. De inmediato, temió que cayera, y la cogió más fuerte, pero no pudo evitar que el talón derecho de sus pies descalzos topara en el filo de mármol. Ella ni se quejó del golpe, fingía estar dormida acogida en su pecho.

      Entonces, como si el tiempo no fuera más que un bucle en tirabuzón, al evocar el sonido seco del hueso en la piedra, recordó con la nitidez de un sueño cuando era ella quien lo llevaba a él en brazos, y tropezó levemente con el tercer escalón del segundo tramo, y ante su airada protesta por el golpe en el talón, ella le dijo: -Es que te estás poniendo tan mayor que pronto no podré llevarte en brazos a la cama -, y él le contestó:
 - Es que ya tengo 5 años.

domingo, 11 de enero de 2015

Corazones de invierno



     Dicen que los nacidos en enero son fríos, distantes, esquivos. Dicen, que el gélido soplo del primer aliento que respiran en el exterior les regala en don de la sangre fría.



     Dicen que, apadrinados por el invierno, y ocultos a la luz de sol, siembran su entendimiento de oscuridades y devienen en físicos, médicos, astrónomos, vanguardistas, literatos... peligrosos intelectuales.

     Dicen que, diferentes, y atados a un mundo que está por venir, se ocultan, frioleros eternos, tras gorros y bufandas; otras pieles que los resguarden de la primera brisa, gafas que cuiden sus ojos glaucos de la luz.

     Lo que no dicen, es que, habiendo nacido en el frío, hace falta un corazón ardiente para sobrevivir. 

     Lo que no dicen , es que, ateridos eternos, buscan con ansia el calor en los ojos ajenos, en el abrazo tierno, en palabras forjadas con verdad. 

     Lo que no dicen es que, a veces, hasta el tósigo ardor de la guerra les parece mejor que la indiferencia, helada y mortal.



FRíO

      A Jonás Berniel se le heló el corazón de un soplo, como quien apaga la tenue llama de una vela con un golpe de viento cuando escuchó cómo Adela se despedía, y se quedó atado al asiento, incapaz de pronunciar palabra. 

     Nadie escuchó, cómo unos minutos antes, Adela, con frialdad precisa, le explicó cómo se alegraba de que la carta que le había escrito la hubieran devuelto. Tantos años escribiéndole cartas de amor, y ahora esta, tan importante, y tan meditada, se la devuelve el correo. Así, remató, tenía la oportunidad de decirle en persona que ya no le quería, al final el tema de hacerlo por carta se le había revelado quizá un poco cruel. Le deseaba, eso sí, toda la suerte del mundo, y por supuesto seguirían siendo amigos si él así lo quería.

     Entonces ella se levantó como un resorte de la gélida silla de metal del café del centro, llevando, sin advertirlo, el corazón de Jonás chorreante, en una mano, en la otra el cigarrillo recién encendido al comenzar, apresurada, la marcha, sin dudar de que fuera a seguirla.

     Jonás, comprendió con estupor, cuando apretó los dientes y se levantó en silencio, que aun si tuviera que contar los muertos, nadie iba a quitarle las ganas de amarla. 
     Al día siguiente compró la escopeta.