domingo, 5 de octubre de 2014

Grandes tristezas


"El alma, no hace ni padece nada sin el cuerpo" Aristóteles

  Me espanta la cruda  realidad de contemplar que, cuando nuestro microcosmos es amenazado, haríamos cualquier cosa para conservarlo. 

     No nos basta manipular, mentir o engañar. Llegada la ocasión, mataríamos a cualquier hijo de vecino, aunque de momento, nos contentemos sólo con desearlo. Nos esforzamos en esconderlo, sin embargo, al odio solo le interesa que esa persona, no exista. Dentro de cada uno de nosotros hay un animal latente que no entiende de razones ni miramiento. 

     Tienen suerte, algunos, de no padecer grandes tristezas.




PACIENCIA

     A la salida del teatro el barullo era tal que se entretuvo un segundo a saludar a una vecina, y perdió en el tumulto a su marido.

     Segundos después, desembarazada de la bulla, vio a lo lejos cómo él conversaba con pasión con alguien de quien, desde su sitio, sólo podía ver los zapatos. 

    En el trayecto, y no sin esfuerzo, pudo cambiar la fulminante mirada por una sonrisa educada que mantuvo impertérrita mientras soportaba las presentaciones. 


   Sólo pudo apaciguar su odio a la mañana siguiente, cuando abrió el ordenador y manipuló el sistema para colocar su nombre en la lista. Ya solo tenía que tener paciencia. Tarde o temprano vendría a verla. Ahora, ella, era su médico.

lunes, 22 de septiembre de 2014

Ojos Cerrados



"Yo lucho para llevarme bien con mis propios deseos, y luego miro a mi alrededor y veo la salvaje variedad de los deseos de los otros [...]. Y esos otros deseos, esos que no son míos, a veces me parecen equivocados sólo porque no son míos" Sallie Tisdale.

     En estos días de multitud, desde la atalaya privilegiada que me supone el provisional incógnito, me fascina la sensual variedad del aspecto de mis congéneres en este zoo que habito las más de las veces.

     Hay leonas de apariencia temible, de melena dorada y ojos glaucos, cuya fragilidad se mide en el grosor de sus tacones de aguja o el largo de sus rabillos. Suelen ir del brazo de peligrosos lobos de chaqueta y corbata, pero también un paso detrás de cobardes desalmados con distinto pelaje.

     Hay polos con cocodrilos, con caballos, y camisetas negras con calaveras que no tienen fauces, fuerza, y muerte debajo, que lo mismo se abrazan a pérfidas áspides revestidas de gasa y ojos de diosa, que a ángeles cubiertos de capas de grasa y pintura.

     Hay panteras inmensas en cuya bella cintura estriba el misterio del origen del mundo, con melenas negras que te ahorcarían de un zarpazo, que sueñan con besos largos de pieles blancas, amarillas, tostadas y negras.

     Hace tiempo que, liberada de la fascinación sensitiva de la adolescencia, cerré los ojos. Solo así se puede escapar de la oscuridad del mundo. Ese mundo en el que hay quienes, malditas por la bendición de su aspecto, nunca obtendrán la bondad de unos ojos que no estén en guardia.


DOMINGOS DE CAFÉ

     Pasado el tercer gin-tonic, la señora Comares, subida a sus habituales tacones, abre su bolso de buitton y saca el móvil. Tiene el número grabado. 
- Hoy no los quiero blancos.
     Se levanta y acaricia levemente la cintura de gasa de vestido drapeado y se mira el contorno de la cadera, como para recordarse que aún tiene buena figura, y se dirige al baño a darse un retoque antes de salir del salón del cafetería dejando una propina exagerada al camarero con un seco buenas tardes.
     Cada domingo alterno Doña Catalina Piñero, Cata para los más íntimos y la señora Comares para el resto del servicio, viene a tomar café a la capital. Hoy también debería estar en Gaviera´s, el local con más solera de la parte este, con Concha y Lucía, compartiendo chismes de bodas de alta sociedad o contando mentiras de cómo les va a sus hijos en el internado; dilapidando una fortuna en copas con nombre francés y planeando asesinar de broma a sus maridos. 
     El taxi la deja en el aparcamiento subterráneo del hotel. Un discreto botones la acompaña hasta la puerta de la suite 118 y le abre la puerta. Dentro la esperan dos hermosos cuerpos esculturales color café. A él se le nota el gimnasio hasta en las estrecheces del pantalón, a ella se le adivina el cuerpo desnudo debajo del vestido de gasa. Catalina sonríe, y se deja llevar de la mano con docilidad.

     Unas tres horas después llegará a casa como si nada, donde su marido, al saludarla, mentirá que pasó la tarde jugando al póker en el club.

domingo, 7 de septiembre de 2014

La maldición de la tibieza



"Todos los placeres de la vida ni son propios de todos los tiempos, ni de todas las edades y lugares; pero las letras son el alimento de la juventud y la alegría de la vejez; ellas nos suministran brillantez en la prosperidad y sirven de recurso y consuelo en la adversidad"- Cicerón.

   Ser hija de padres viejos no sólo te confía, según la sabiduría popular, la facultad de caerte una y otra vez y pasarte media infancia llena de postillas, arañazos y puntos en la cabeza, sino que te reviste enseguida con un halo de bicho raro, como si hubieras nacido de milagro. Llamarse así remata la faena. La convivencia cercana con la senectud y la muerte te baña sin remedio con la pátina de lo transitorio. Lo presente y relativo arrasa pronto con lo permanente y eterno.

     Admiro a todos y cada uno de aquellos que pronto supieron a qué vinieron a este mundo, cuál era su misión divina, y que esta era, además, la correcta. Miro hacia arriba cuando se trata de próceres, iluminados y combatientes. Yo, a estas alturas, he perdido la Fe: normalmente me debato entre el ombligo y las témporas. La certidumbre se me resiste. Milito incontestablemente en las listas de la duda, me gusta mirar las cosas desde los lados opuestos, en ocasiones a la vez. No me sacia el absoluto.

    Encajo los golpes mejor que los doy. Llegado el momento he rehusado también asestarlos. Girar la cabeza y mirar hacia otro lado me resulta más reconfortante a largo plazo, lo malo es que tal y como está el mundo eso me sitúa al frente del pelotón de los cobardes. Lo terrible es que no me preocupa. 

        Solo hay un refugio cierto donde esconder la mácula de tanta tibieza. 


CULPA

        Había llegado a casa del entierro y no hacía ni tres minutos que había parado de llorar fingidamente. Tras horas de desconsuelo acérrimo, tenía los ojos hinchados y pequeños, inmensamente verdes por el poder de las lágrimas, cierta carraspera en la garganta de aguantar el frío y la lluvia mientras metían el ataúd en el nicho, y el pelo todavía goteando sobre la frente.

     Se quitó el luto obligado de la ceremonia, se dio una ducha, bajó al salón, y tras despedirse de los familiares con promesas de ir a verlos todo lo posible y asegurar docenas de veces que estaría bien sola, se preparó un té y se sentó a la luz de un septiembre líquido que lo inundaba todo por los ventanales.

      Abrió con serenidad el libro y continuó leyendo, y ni por un instante recordó el momento de hacía dos noches, cuando tuvo la oportunidad y sin ninguna piedad le cambió las pastillas que él debía tomar por las que ella había ido acumulando con meticulosidad tratamiento tras tratamiento desde que supo que por fin iba a hacerlo. De madrugada llegó el infarto.

    Otra cualquiera, hubiera cogido el cuchillo, y levantándose la manga del jersey, se hubiera hecho algunos cortes visibles, de la muñeca hacia arriba.

domingo, 24 de agosto de 2014

Desidia de guerra



  Me ablando con los años, no me acostumbro a la guerra. Y no es solo que no pueda lidiar con la visión de niños que saltan en pedazos, ni que no se aclimaten mis ojos al brillo de los misiles en pantalla grande, es que no digiero la propia, la de todos los días. 

     Esa guerra de mirar al frente y tratar a psicópatas, meteculpas, falsos o depravados como quien no quiere la cosa. Los malos de a diario. Donde no hay defensa posible más que aguantar o claudicar. Apretar los dientes, bajar la cabeza, seguir hacia adelante.

   Con pereza infinita, he bruñido la armadura, he amolado la espada, he ajustado los correajes. Una pena llevar siempre el talón al descubierto, el corazón en la mano y los ojos glaucos, donde no hay lugar para esconderse.

     Se acerca el invierno, como antes lo hacían los Idus de marzo. Me falta el aire y casi con nada se me llena el cubo de las angustias. 

     Y mientras encuentro trinchera, de parapeto, una sesión de Terapia.

TREGUA


     Era cuestión de tiempo. Al principio había evitado los lugares demasiado concurridos, los mercados, las ferias. Le daba la sensación de que esos eran los mejores sitios para que él se le acercara por la espalda, y sin que los vellos de punta del presagio la avisaran, encontrarse a su merced.

    No había sido difícil convencer a Rafael de que la derrotaba el calor inclemente de aquella ciudad y que necesitaba aclimatarse para no dejarse ver demasiado los primeros meses. Pero luego, pasando los días, se convenció de que el miedo de encontrarse con Paul era seguramente solo el fruto de imaginaciones propias de la edad en la que se revisita el tiempo, comenzó a salir y entrar sin medida, a asistir a las fiestas, y lo olvidó.

     Por su parte, Paul no había dejado de observarla, desde aquel primer día en que volvió a encontrarla y resolvió terminar con el peligro de su existencia, había seguido todos sus pasos buscando el mejor momento de abordarla. 

   Sin embargo, las ganas de matarla se le hicieron agua cuando siguiendo el tam tam rítmico de sus tacones, la alcanzó al final de aquella calle oscura y le susurró al oído : " Isabelita", y pudo respirar el calor de su cuerpo. Le tembló la mano en el bolsillo, y soltó la navaja.

    Doña Isabel, que hubiera reconocido aquel susurro incluso bajo tierra, apretó los puños, recompuso todo el orgullo que su pequeño cuerpo podía contener para no darse la vuelta, a sabiendas de que de hacerlo, y enfrentarle la mirada, no iba a poder dejar de caer rendida a sus pies, y como si hubiera adivinado que Paul ya no quería matarla, respiró hondo y mintió: " Vete, ya te olvidé".

domingo, 10 de agosto de 2014

Simbiosis

"¡Sí! el Hombre , cuando ama, es un sol que todo lo ve y todo lo transfigura; cuando no ama, es una morada sombría en la que se consume un humeante candil" 
-Hiperión-

        Parece que la Amistad, esa simbiosis divina que nadie sabe cómo surge, en qué se basa y en la que no hay reglas que sirvan para todos, se acentúa cuando media la distancia. Echo de menos cada uno de los días a amigos que perdí y a otros que ya no frecuento. No los quiero como el primer día, en el que suelo mostrarme torpe, distante, esquiva, sino como el último, en el que hubiera dado lo que fuera para que no partieran.
        Ya no cultivo las despedidas. Dejo fluir la vida a donde a cada uno nos quiera llevar, y con los ojos y con las manos, y con la risa, he disfrutado cada día que hemos podido compartir juntos. Y el amor...¿es otra cosa?
     Hay pocas cosas comparables al abrazo desinteresado de una amistad sincera. También hay quien piensa que eso no existe, que somos lobos, que sólo estamos aquí para devorarnos; que una vez saciada la sed que en los principios el otro te provocaba, sólo cabe destruirlo, para que no pueda airear tu debilidad. Hay quienes se especializan en cortar alas, intentando en vano perpetuar dependencias.




EL LIBRO


      Creía, hasta ayer, que lo quería.
     Les había llevado interminables horas de trabajo terminarlo. Le habían robado el tiempo al sueño, a las vacaciones, a la familia. En una carrera febril, habían investigado, documentado, planeado y montado todo el libro en pocos meses. Carlos escribía, Juanma buscaba, leía, revisaba, comentaba, le ayudaba en todo lo que podía para que cumpliera su sueño.
    Al fin estaba terminado. Carlos le echaba el último vistazo a las galeradas. Iba apurado, había quedado con Juanma para tomarse unas cervezas para celebrarlo. El responsable de la editorial había sido claro: tenía sólo un día más para enviar la versión definitiva. 
      En el último segundo, Carlos presionó tantas veces la tecla "Supr" como espacios tenía Juan Manuel Méndez. Y quedó su nombre a solas en el dibujo de la cubierta. Guardar. Enviar. Enter. 
     Lo habían compartido todo desde que se conocieron. La juventud, las juergas, las chicas. Las bodas, los bautizos, las comuniones. Pero entonces llegó ella. La única tan fuerte como para separarlos para siempre. Seguro que  de llamarse Elena, o Sara, o María, hubiera tenido menos éxito que de llamarse Codicia.



p.d: Debo la cita del principio a Gloria, que me la escribió en un libro que me regaló en 1991. Puede que parezca que la cita era más  regalo que el libro, ya que esta ha perdurado en mi memoria, y el libro ,El arte de amar, de Eric Fromm, pertenece a esa categoría de "esas cosas.. ¿quién las lee?", bien es verdad que a mí eso me ha fascinado siempre. Sin embargo, y tras tantos años, se ha más que demostrado, que el regalo era ella, como profesora y como amiga. Siempre gracias, Gloria.




domingo, 27 de julio de 2014

La Palabra

     "La palabra es un poderoso tirano, capaz de realizar las obras más divinas, a pesar de ser el más pequeño e invisible de los cuerpos. En efecto, es capaz de apaciguar el miedo y eliminar el dolor, de producir la alegría y excitar la compasión" Elogio a Elena.- Gorgias.


   Hay para quienes, en el mundo, no hay más que palabras, y son las palabras las que construyen el universo.
     Hay a quienes les duele la incertidumbre de un silencio infligido más que un látigo que les rasgara la espalda; quienes sangran más por una palabra asestada que por la herida de una daga. Son esos a los que, cuando caen de rodillas en la batalla, no les acompañan los zumbidos agudos de las balas, ni el silbido cierto del acero de la espada, sino los ecos unas frases letales.
    Hay quienes, cegadas por el sol de que las quieran, no distinguen entre el amor y las lisonjas adornadas de adjetivos y nombres, de verbos en tiempos de promesas.
     Hay tanta Elena, tanta Inés desvalida y sola en medio del mundo.


CHICA

     - ¡Pero chica!, ¿Tú qué haces aquí?
     No fue la cara de sorpresa embarazosa que puso al abrir la puerta, a pesar de la amplia sonrisa de dientes perfectamente alineados y completamente blancos que la fascinaban ,ni la distancia que marcó desde que no se le iluminó la cara y se acercó a darle dos besos nerviosos . En las mejillas.
     Ni siquiera fue que no la invitara a entrar inmediatamente, ni que se excusara diciendo que estaba sudado porque acababa de llegar de una reunión maratoniana y aún no se había duchado para no abrazarla. 
     Fue la manera en que dijo "chica".
     Ella había dejado la maleta a un lado, apoyada en la pared al lado de la puerta, donde él no podía verla, porque suponía iba a saltar a horcajadas sobre él nada más abriera la puerta, para explicarle entre besos que se le salía el corazón del pecho de la emoción de haber venido para quedarse. Trescientos kilómetros no es nada, se habían dicho millones de veces por teléfono, email, wassap, desde que lo trasladaron. Y por fin ella se había decidido a dejar atrás otra vida, como tantas veces habían soñado, había hecho la maleta, y se había presentado desnuda, sin más armas que su mirada a decirle por fin, que sí, que se quedaba para siempre.
     Pero entonces él dijo: "chica". Y ella desconectó. Dejó de escuchar sus excusas que ya caían en cascada en el reguero de sangre acuosa que se había convertido su cerebro. Y murió de pie, como los árboles, aguantando la sonrisa y diciéndole que no se preocupara, que hiciera lo que tuviera que hacer, que iba a dar un paseo y que después volvería. Que no se preocupara, que no conocía la ciudad y qué mejor momento para dar una vuelta. Que no pasaba nada, que no se preocupara. Sí. Una media hora. Vale. Y se cerró la puerta.
     Siempre llevaba un pequeñísimo botiquín en el bolsillo exterior de la maleta. Una manía. La había sacado en alguna ocasión del apuro de cortarse la yema del dedo con cualquier saliente, con el afiladísimo filo de un documento. Gajes de secretaria. Desde que el año pasado en aquel viaje a Loira se quemó sin querer con el café hirviendo en la muñeca, también llevaba un rollo de esparadrapo, y gasas.
     Se ató cuidadosamente la mano al asa extensible de la maleta con ruedas con todo el rollo de esparadrapo. Fuerte. Comprobó un par de veces que no se soltaría con un tirón seco. Llamó al ascensor y subió los nueve pisos que le faltaban para el ático, según rezaba la leyenda del botón que coronaba aquella fila perfecta de lucecitas verdes. Con decisión, recorrió deprisa los metros que la separaban del pequeño murete exterior, y tiró con todas sus fuerzas la maleta por lo alto de la tapia del ático, lo que en su pueblo siempre se hubiera llamado azotea.




domingo, 13 de julio de 2014

Oblivion

      El calor me abrasa. Se me derriten las sienes en la sábana. Se me baja la guardia, y, pasados los primeros días de acostumbrarse, camino por ahí con la mirada perdida y las pupilas dilatadas de sombra, dejándome arrastrar por las corrientes del viento.
            Me asalta, y me gana, la desmemoria, ese placer anhelado de la mente rasa, cual si, habiendo llegado a la laguna, hubiera escogido el río Lete, cuyas aguas provocan el completo olvido. Pero se queda solo a ratos. En los huecos, es la nostalgia quien me habita. Me da la sed inmensa del recuerdo, me cambio de río, revisito sitios, releo libros y arreglo estanterías.
            No cierro por vacaciones porque bajo el efecto narcótico de las aguas se alivia el retorcimiento de los sintagmas y se palian gravedades, que ya habrá tiempo de Tortura, que vendrá.

                   
                 RECUERDOS

               Rodri. Si. Rodri. Era Rodri. Creo. No. Seguro. Rodri. He mirado de reojo a la cola que hay detrás de nosotros en la recepción del hotel Superbeach, Tierra-mar-golf-caribe-resort, para hacer el check-in y lo he visto de refilón.
        Esa nariz puntiaguda, torcida solo en el último centímetro y esa anchura de espaldas lo confirman. También el lunar en la mejilla. No pasan los años en balde, y al igual que a mí, a Rodri le han caído unos veinte kilos encima, a ojo, uno por cada año que hace que no nos veíamos. Bueno, yo que venía a desconectar y mira por dónde me encuentro con un compañero de Facultad. Rodrigo Martos, Ojeda, creo...¿ o era Crespo?. De momento no me ha visto, lo mismo ni me reconoce. Mis kilos no son veinte, pero son unos cuantos, y además a mí me han caído una cantidad considerable de colores de tinte, alisadores, cortes de pelo, arrugas, y gravedad.
          Tres niños irrumpen con escándalo en la cola, añadiendo a la ya ruidosa recepción la algarabía propia. Vuelvo a mirar. Joder. Tres, y la señora embarazada. Tomaya. No está mal para quien pensaba no casarse y presumía de militar a la izquierda del amor libre. Vale que con los años uno se vuelve pelín conservador, pero leches, este se ha tenido que hacer del Opus.
            Tela. Rodri. Del Opus. Con ese gusto que tenía por la sodomía, que en las fiestas iba de una en otra preguntando si se dejaría igual que el que preguntaba y tú qué estudias. Menos mal que el día que acabamos en aquel sofá de escay no estaba para pedir nada y nos limitamos al sexo convencional de borrachera. Qué incomodidad. ¿Se acordará? ¿Y ahora qué hago yo? Una semana esquivándolo en el comedor y en la piscina, ya me veo. Todo para no encontrármelo de sopetón y que me lea en la cara que no se me ha olvidado la particularidad de la torcedura, exactamente igual que la de la nariz, que tiene más abajo. Que no he visto otra igual, vamos. ¿No se podría una olvidar de algunas cosas?
             La voz del recepcionista, rotunda y melosa de locutor de telediario, y por lo alto de los ciudadanos de a pie que esperábamos más o menos pacientemente que nos atendieran haciendo cola, dijo:
           - Señor Don Gonzalo Ekiza y familia. Por favor, pueden dirigirse a su bungalow. Ya está todo preparado. Uno de nuestros empleados les acompañará. Ya tienen el servicio esperando en la puerta. Por aquí, por favor. Disculpen la espera y las posibles molestias.
           Pues hay que ver lo que se parecía a Rodri... Dios... sí que estoy nostálgica estas vacaciones.

         P.D: Cuentan las leyendas  que en las aguas del río de Ginzo de Limia ,en Ourense, te sumergías, y como en el Lete, el olvido te habitaba. Aún hoy lo celebran, la festa do esquecemento, la llaman. La fiesta del olvido. Debe ser ese olvido, intermitente, pues a los gallegos les queda morriña eterna.