"A veces nos miramos / muy dentro de los ojos / como si descubriéramos / detrás de nuestro asombro / que los años no vuelven / ni hay tiempo de retorno. / Y es que al final la vida / se marcha sin nosotros"
Francisco Rivero
No me canso de asquearme de estos tiempos de adoración al cuerpo hueco, de reverencias a una impostada y eterna juventud.
Seguidores creyentes de Dorian Gray, huimos despavoridos de lo que podremos ser.Y denostamos la arruga, el peso, la lentitud. Miramos al viejo con desprecio, como si fuera de una especie inferior. Nos repelen sus manchas , la piel de papel cebolla, sus humores opacos. Nos desconcierta su tiempo lento y desorientado. Eludimos su reiteración cansina, su aliento entrecortado, evitamos a prisa ese olor que nos barrunta muerte.
Y contemplamos, ajenos y aterrados, la ancianidad que viene y que nos persigue, que se alimentará de nosotros siempre demasiado pronto. Cuán quisiéramos más una muerte joven y bella.
Quién sabe, si seguimos educando así, quizá, cuando los jóvenes de ahora se tornen viejos, no tengan ni una mano valiente que les ayude a comer. Hay quienes, ni siquiera por la amenaza de verse en ese espejo, muestran el respeto que se debe a quien lo merece simplemente por haber vivido.
DESPERTAR
Antes de prepararse el desayuno esta mañana lo metió en la bañera, no sin protestas ni dificultad. Después volvió a abrocharle, esta vez bien, los botones de la camisa, y del chaleco, y lo sentó luego a la luz que entra por la ventana de la terraza. Palangana en mano, le puso los pies a remojar y le cortó las uñas , y las de las manos. Lo afeitó con cuidado y le recortó el bigote.Después de desayunar fueron juntos a dar un paseo, corto, hacía frío.
A la tenue luz de la bombilla del salón, de madrugada, el recuerdo del paseo le parecía de hacía siglos, quizá porque ya le vencía el cansancio. El programa de la muchacha esa tan alta de la que nunca se acordaba el nombre se le había hecho eterno, incluso reconocía que esta vez sí que había dado un par de cabezadas en el sofá. Él hacía horas que dormía. Eso de que los viejos duermen poco parece que sólo valía para ella.
Como cada noche, se ajustó bien la alpargata izquierda, la que había tenido que romper porque no le cabía el juanete, para no tropezar con el escalón de la entrada a la cocina, que ahora le parecía demasiado grande, ya ves que, cuando pusieron el suelo encima del otro, no le pareció en absoluto, claro, que de eso hacía ya muchos años. Se levantó, no sin maldecir la esencia misma de la que estuvieran hechos los huesos para que dolieran tanto, dispuesta a dejar todo en su sitio antes de irse a la cama.
Se aseguró que todas las ventanas estuvieran cerradas, el enchufe de la estufa quitado, los grifos apretados para que no gotearan y la cerradura de la puerta del piso con las dos vueltas de la llave. Justo antes de irse a su cuarto, como cada día, se acercó a las llaves del gas de la cocina, para comprobar que todas estabas bien cerradas. Esta noche, sin embargo, volvió, una a una, a hundirlas con cuidado y retorcerlas bien hacia la izquierda, y las dejó abiertas.
El secretario del juzgado, el del desahucio, llegaría a las nueve del día siguiente, al menos, eso le habían dicho.